jueves, 11 de marzo de 2010

El Riachuelo: ese agujero negro

En el sur de la ciudad de Buenos Aires, a la par del descontrol industrial y sanitario, el agua de la cuenca Matanza-Riachuelo fue perdiendo oxígeno hasta convertirse en una especie de monstruo. ¿Hay un futuro posible para uno de los diez lugares más contaminados del mundo?


Aunque no llueve, el agua burbujea. Son unos pequeños grumos que suben desde el fondo del río y explotan en la superficie como una especie de erupción, como un síntoma. Como si hubiera algún tipo de organismo respirando allá abajo. Hace un rato, cuando salimos de La Boca y la lancha empezó a dejar atrás Caminito, el río estaba alto por las lluvias de los últimos días y el agua del Riachuelo parecía la misma agua turbia del Río de la Plata, pero sólo al principio. De a poco empezaron a aparecer los matices, ciertas sombras, reflejos grasientos que se mezclan y ganan consistencia y el río que empieza a volverse más opaco y brilloso a la vez. Ahora, mientras el Riachuelo hace una curva bordeando los fondos de La Boca y esquivamos los restos en descomposición de barcos abandonados, basura que flota sin escándalo y camalotes que llegaron de quién sabe dónde, el agua sobre la que flotamos ya no es agua: es otra cosa, algo mucho peor. 
 

Es agua porque es líquida, pero no es agua porque no tiene la composición molecular del agua, porque casi no tiene oxígeno. "Tienen que venir cuando está bajo, que se ve todo el fondo negro", dice Marcelo, el señor que nos lleva. Son las nueve de la mañana de un jueves y después de tres días de lluvia el cielo todavía es una amenaza. Esta es nuestra primera aproximación al Riachuelo: columna vertebral e intestino del tejido industrial de la provincia de Buenos Aires, que nace en algún lugar de Cañuelas y recorre 75 kilómetros atravesando la Salada, catorce de los municipios más pobres del Conurbano y el sur de la Capital hasta desembocar en el Río de la Plata, a la vista de todos los turistas que se bajan de los micros para sacarse fotos en Caminito. Mientras avanzamos río arriba, es como si estuviéramos entrando en una zona de desastre: un paisaje posnuclear y silencioso, como si hubiera habido una gran explosión, algo que todavía sangra a través de estas aguas lentas y pesadas. 
 


Mientras las sirenas del primer mundo alertan por las catástrofes a las que nos está arrastrando el calentamiento global -un futuro cada vez más cercano- y muchos científicos pronostican el Apocalipsis en forma de sequías, inundaciones, escasez de comida y migraciones desesperadas, desde las costas del subdesarrollo, donde todo es más urgente, donde la gente se está enfermando y muriendo ahora mismo por causas ambientales, la preocupación por el cambio climático suena un poco a lujo burgués de los países ricos y aburridos de su riqueza, el nuevo fetiche de Hollywood para tematizar el fin del mundo, una ronda de negociación burocrática en la que países como Estados Unidos y China le buscan la vuelta a eso de volverse verdes sin dejar de ser rentables y no se la encuentran.

La agenda ambiental de Argentina tiene pendientes conflictos más urgentes y menos espectaculares, como la falta de cloacas y la contaminación de las napas de agua subterráneas, los basurales a cielo abierto, los desmontes para expandir la agricultura, la minería descontrolada, los efluentes cloacales desechados en los ríos y la pobreza. "De los grandes problemas reales de Argentina, el número 1 es las condiciones de vida en la pobreza, donde todo el ambiente contribuye a que se enfermen, a que tengan una expectativa de vida tremendamente menor y que los chicos estén con enfermedades desde el nacimiento, que son persistentes", apunta Marisa Arienza, de la ONG Green Cross.



Y la cuenca Matanza-Riachuelo, uno de los diez lugares más contaminados del mundo, es el punto más crítico de Argentina, porque involucra a la mayor cantidad de gente unas cinco millones de personas- y concentra buena parte de los problemas ambientales del país. Allí, el 55 por ciento de la población no tiene cloacas y un 35 por ciento no tiene agua potable, así que extrae el agua de las napas contaminadas por los pozos ciegos, es decir, toman sus propios desechos diluidos, es decir, su propia mierda. El impacto: un lento envenenamiento que, una vez que alguien llega a un hospital, cuesta diagnosticar como secuela ambiental. "Contraen enfermedades como meningitis, diarreas (que en chicos y ancianos se transforman en cuadros más graves, como gastroenteritis, que llevan muchísimas veces a la muerte) y una enormidad de problemas renales, que cuando se detectan ya suelen ser irreversibles, además de que necesitan de un sistema de salud de alta complejidad que nunca tienen", detalla Arienza. Según Epidemiología del Ministerio de Salud de la Nación, el 33 por ciento de la gente que vive en los alrededores del río sufre problemas gastrointestinales y el 26, afecciones respiratorias.

"No hay relación causa y efecto entre la contaminación y el organismo, pero en la situación en que viven, con la falta de estructura sanitaria, la mala nutrición, etcétera, la contaminación tiene más entrada en el organismo. Lógicamente, nadie te puede decir que hay una relación uno a uno entre la contaminación y ese tipo de patologías", reconoce Félix Cariboni, miembro de la unidad de campaña Matanza-Riachuelo de Greenpeace.

Dejamos atras las grandes moles de ladrillo de las fábricas de Dock Sud, containers apilados entre pastos crecidos, unos silos abandonados y el Puente Pueyrredón que de repente nos pasa por encima, el eco de los autos que van y vienen de capital a provincia. Un poco más adelante, cruzamos por al lado de una malla contenedora que intenta detener sin suerte kilos de basura flotante que se le están empezando a escapar lentamente, río abajo, mientras un barquito color verde, movido por unas paletas como la de los botecitos para enamorados de los lagos de Palermo, levanta bolsas de basura con una pala mecánica y las vuelca en tres containers que hay sobre la costa.

En 2006, después de que un grupo de vecinos de Dock Sud -que viven cercados entre el Riachuelo y los gases del Polo Petroquímico- presentaran una demanda por daño ambiental contra el Estado Nacional, la provincia de Buenos Aires, la Ciudad y 44 empresas, reclamando por los daños y perjuicios sufridos por culpa de la contaminación y exigiendo la recomposición del ambiente, se creó por ley la Autoridad de Cuenca Matanza-Riachuelo (ACuMaR), que depende de la Secretaría de Ambiente y Desarrollo Sustentable. Hasta entonces, la jurisdicción sobre el Riachuelo era un complejo entramado de responsabilidades que recaían sobre intendentes del Conurbano, el gobierno provincial, la ciudad de Buenos Aires y la Nación, como para que alguno quisiera meterse. Además, para los intendentes de los municipios más afectados, las industrias son una parte central de su economía. Sólo el Polo Petroquímico de Dock Sud representa el 5 por ciento del PBI de toda la provincia.



Dos años después, la causa llegó a la Corte Suprema, que en 2008 dictó una sentencia colectiva sobre la ACuMaR, el Estado Nacional, la provincia de Buenos Aires y la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, exigiendo la mejoría de la calidad de vida de los habitantes de la cuenca y la recomposición del agua, el aire y los suelos. "Pero se viene haciendo poco y muy lento", asegura Cariboni. Hasta ahora, se removieron algunos bancos abandonados, se corrió un sector de La Salada que daba al río y terminaba llenándolo de basura, y hay unos botecitos verdes como el que pasamos recién, que casi da pena verlos, encargados de limpiar la basura que viene flotando antes de llegar a la desembocadura.

De pronto, después de pasar por debajo de otro puente, el paisaje industrial desaparece detrás de una vegetación frondosa que crece en la costa, sauces llorones cayendo en picada sobre el agua, plantas de hojas carnosas, algunas flores obstinadas y la espesura de la vegetación que se come todo el resto, como si nada de esto estuviera pasando acá, como si fuera un río en medio de la selva, sin fábricas ni ciudades alrededor. Hasta que del lado de la Capital, entre los árboles, empiezan a asomar los fondos de una villa sin nombre, sus últimas casillas, construidas casi sobre el río, algunos cuartos sostenidos por palos de madera que se hunden en el barro del Riachuelo y los ladrillos que se tuercen pero aguantan: la obstinación de algunos por seguir perteneciendo a algo parecido al sistema o sus alrededores, el esfuerzo por no caerse y ser arrastrados a un contaminadísimo río negro. Una mujer cuelga la ropa en el fondo de su casa, una barranca de basura que cae directo al río. En la casa de al lado tienen una pelopincho y, sobre una parecita que los separa del Riachuelo, unas plantas en unos tachos de pintura.

La idea era salir temprano, antes de que la gente de los alrededores del Riachuelo se despertara, pero la lluvia nos retrasó y ahora hay que ver hasta dónde llegamos. "Más adelante, cuando se despierta la gente, por donde está la villa 20, te tiran ladrillazos", cuenta el señor que nos lleva, mientras maniobra entre unos camalotes. Los que manejan estas lanchas por el Riachuelo suelen ir armados y responden los piedrazas a los tiros. "Te gritan: «¡Eh, no somos monos!», cuando les quieren sacar fotos", dice.

Y tienen razón, todo esto tiene algo de excursión turística, de safari camuflado de periodismo comprometido. Los más pobres son empujados a vivir en los últimos rincones de la ciudad, entre fábricas y basurales a cielo abierto, en condiciones miserables, y después nosotros nos asomamos, muy de cuando en cuando, en pequeños viajes asépticos e indoloros, a registrar cómo es que evoluciona todo esto, con un interés entre antropológico y turístico, con la pena remota del extranjero.



Esta es una historia de voracidad industrial, complicidades públicas y privadas, y una profunda indolencia, que ha dejado al descubierto como pocas las consecuencias que la inacción política puede tener en la vida diaria de los ciudadanos. Para los que vivimos en la ciudad, el Riachuelo es una indignación que dura dos o tres segundos mientras lo cruzamos por autopista o cuando vamos a ver alguna exposición en Proa y sentimos el olor.

La historia moderna del Riachuelo quedó inaugurada en 1993 cuando María Julia Alsogaray, por entonces secretaria de Medio Ambiente de Carlos Menem, prometió limpiar el Riachuelo en mil días. Sólo que los mil días de María Julia Alsogaray no fueron nada más que días: también fueron 250 millones de dólares de un crédito del BID que nunca se usaron para limpiar nada. "El crédito se usó sólo en una primera instancia para hacer diagnósticos e informes que eran necesarios y que, desgraciadamente, son los únicos con que ahora contamos, porque no hay nuevos", explica Cariboni. Es decir que lo que se sabe fue diagnosticado en los 90 y se presume que ahora todo esto es mucho peor.

Después del diagnóstico, el saneamiento quedó a la deriva. Ciento cincuenta millones de ese préstamo se redireccionaron al área de Desarrollo Social para tapar un agujero y la tercera parte del crédito se tuvo que devolver al BID por no haber ejecutado las obras. Como una imagen que sintetizó la conciencia ambiental de la época mejor que ninguna, ahí quedó para siempre la tapa de la revista Noticias en la que María Julia posaba vestida sólo con un tapado de piel. De nuevo: la secretaria de Medio Ambiente posando envuelta en un pellejo animal.

Ahora, sin embargo, los ambientalistas están entusiasmados. "Estamos mejor que en los 90, hoy hay una mayor conciencia ambiental. Ya se perdió ese paradigma de que contaminación es igual a progreso y -dados los movimientos ambientales en el Riachuelo- empieza a haber un cambio", afirma Cariboni. El abogado Andrés Nápoli, de la Fundación Ambiente y Recursos Naturales (FARN), está de acuerdo: "La Corte fue tajante. Propone demandas de saneamiento y también multas por incumplimiento a funcionarios". Según los plazos estipulados por el fallo, la ACuMaR ya debería haber hecho una inspección de las empresas de la cuenca en treinta días y tendrían que haber cesado los "vertidos, emisiones y disposiciones de sustancias" a los 180 días.



Sin embargo, recién llevan inspeccionadas el 20 por ciento de las industrias. Para 2020, del lado de Provincia, debería haber un colector que recogiera todos los efluentes de las fábricas para llevarlos hasta una planta de tratamiento y de la margen de la Ciudad tendría que haber una obra parecida para la red cloacal. "Si vos evitás las descargas cloacales e industriales en el agua, el agua va a volver a tener oxígeno y va a volver a ser un río de verdad. Porque si evitás sólo los vertidos cloacales y no resolvés el tema industrial, ese río no va a tener mal olor, no va a ser negro, pero va a estar contaminado de metales pesados, que hay en todas las aguas, como plomo, cromo, mercurio, cadmio, sumamente tóxicos y que afectan a la población y a la fauna", explica Cariboni.

Desde el techo de la escuelita, la vista de la villa 20 es un paisaje arruinado y pujante al mismo tiempo. Crece para todos lados, por todos los rincones: en todos los techos hay vigas al aire, porque todas las casas tendrán, en cualquier momento, su piecita arriba, un cuarto más al fondo, un cerramiento donde ahora no hay, las chapas que serán cambiadas por concreto. Y todo levantado sobre una tierra que no es tierra. "Es goma vieja de camiones, ramas, escombros. Todo esto lo rellenamos nosotros, antes acá era una laguna", dice Alberto Scarazzolo, que tiene 38 años y la piel curtida de una vida revolviendo basura. Con su barba y el torso desnudo, parece una especie de Cristo cartonero.

Alberto tiene su casa frente a la escuelita, una construcción donde funciona un comedor y talleres de apoyo. Sobre la calle, hay una pila de cuatro metros de basura que todos los días se regenera. La villa 20 de Lugano es otro ángulo más de contaminación y exclusión en la Cuenca Matanza-Riachuelo, en el sur de la ciudad de Buenos Aires. Viven cerca de 50 mil personas en unas treinta manzanas, a las que se entra por un camino que bordea un cementerio de autos, el gran foco infeccioso de la zona. "Acá, el problema que tenemos es la pobreza y el paco. Después, por ahí la tierra y el cementerio de autos", comenta Alberto, poniendo en claro las prioridades de supervivencia. Dos veces por día sale a recorrer las calles de Liniers, Flores y Caballito con siete cartoneros más del barrio. De 7 de la mañana a 2 de la tarde y de 7 de la tarde a dos de la mañana. "Los días buenos, por ahí nos traemos mil kilos de cartón, que serán trescientos pesos a dividir entre siete". Mientras habla, ordena las bolsas que acaba de traer de su primer viaje del día y dos de sus hijos revolotean alrededor. Uno está descalzo y con los pies comidos por una especie de erupción en los empeines; el otro tiene unas crocs amarillas, el nuevo calzado villero.



A algunas cuadras de la escuelita, subiendo una cuesta que se enreda en callecitas cada vez más finas entre casitas atragantadas de rejas, está la cancha de fútbol del barrio, donde los fines de semana se instala la feria. Ahí, en una de las esquinas, funciona el centro de salud. "Atendemos cerca de trescientos chicos por semana", dice Miriam Boggi, una de las asistentes sociales que trabajan en la salita. Miriam es una mujer maciza y grandota, con el pelo atado con un rodete y esa elegancia práctica que tienen

para arreglarse las mujeres que realizan trabajos sociales. "La mayoría de los casos que atiende son por mordeduras de rata y enfermedades infecciosas de verano (diarreas, por ejemplo), o chicos anémicos por contaminación de plomo en la sangre. No está comprobado científicamente que viene del cementerio de autos, pero sólo porque nadie ha querido hacer los estudios que muestren que el suelo está contaminado. Sin embargo, en el año 2007, hicimos un estudio y, de cien chicos, veinticinco tenían contaminación por plomo", detalla.

En los alrededores del río hay 105 basurales a cielo abierto, alimentados por la ciudad de Buenos Aires, que contribuye al cuadro tóxico de la zona con más de 5.200 toneladas de basura que todos los días viajan desde el centro hasta el conurbano. La contaminación por plomo produce retardo en el crecimiento, anemia, malnutrición y problemas en el aprendizaje. Y aunque la tasa de mortalidad infantil de la Ciudad de Buenos Aires es una de las más bajas del país, hay matices bastante profundos: mientras que en Recoleta la tasa de mortalidad es de 6,4 por mil, en Villa Lugano es de 10,8 y, acercándose al Riachuelo, la cifra aumenta a un 14,3.

Si uno pudiera hacer un zoom out y convertir todo esto en una foto lejana y satelital del Google Earth para identificar los principales conflictos ambientales de Argentina, además de la cuenca Matanza-Riachuelo, los focos tóxicos más urgentes son la contaminación de los ríos, los desmontes en el Chaco y Misiones, los basurales, la minería y los glaciares. Desde el norte de Córdoba hasta Salta, Santiago del Estero y Chaco, el avance de la soja y la ganadería ha reducido en un 70 por ciento la superficie boscosa del país. "El 50 por ciento de las plantas y animales del país están concentrados en esas zonas, y la tala indiscriminada ha provocado que animales como el yaguareté y el tatú carreta estén en peligro de extinción", asegura Hernán Giardini, coordinador de la campaña de Biodiversidad de Greenpeace. Además, los desmontes han obligado a pueblos que vivían en los bosques a desplazarse y alteraron la geografía al punto de provocar inundaciones y aludes como el que en febrero de 2009 arrasó con Tartagal, en Salta, cubriendo las casas y las calles con más de un metro de barro, porque los bosques ya no estaban ahí para absorber el agua.

En cuanto a la contaminación de las mineras, según Pablo Herrera, director de Conservación de la Fundación Vida Silvestre, el gran problema es el descontrol con el que trabajan. "Las leyes actuales son insuficientes y las que hay ninguna empresa las cumple. Todas, por ejemplo, deberían sacar un seguro ambiental antes de empezar las excavaciones y ninguna lo hace", explica. Además, para volver todavía más turbio el asunto, el secretario de Minería de la Nación, Jorge Mayoral, encargado de controlar el impacto ambiental de las explotaciones, tiene acciones en compañías mineras.



La pregunta, dentro de este cuadro de situación, es dónde entra la preocupación por el cambio climático, que además de la reconversión industrial implica el cuidado de los glaciares, cuyo derretimiento, aunque es un proceso natural, en los últimos años se ha acelerado peligrosamente, a la par del calentamiento global. La posición oficial de Argentina frente al conflicto, la que el secretario de Ambiente y Desarrollo Sustentable de la Nación, Homero Bibiloni, y el canciller Jorge Taiana expusieron en la fallida Cumbre de Copenhague, es que los países desarrollados -que se desarrollaron a partir de industrias que han colaborado sustancialmente con el aceleramiento del problema climático- tienen una deuda ambiental con los países del tercer mundo. "El 20 por ciento de los países son los responsables de haber generado el 80 por ciento de los gases de efecto invernadero. Por tal motivo, nuestro planteo ideológico es la cancelación de la deuda ambiental a través de fondos de adaptación", asegura Bibiloni.

Dentro del cuadro global, el aporte nacional es apenas del 0,5 por ciento y, a diferencia de las grandes potencias mundiales, no tiene que ver con la industrialización desenfrenada sino con las malas condiciones del parque automotor, sobre todo los transportes públicos. "Habría que empezar por ahí, porque vos no podés tomar acciones como si fueras un país desarrollado: no podés dejar de generar energía ni podés hacer los gastos para mejorar la tecnología, porque en países como el nuestro es condenar a la muerte a un montón de gente", asegura Guillermo Jorge, director ejecutivo de Green Cross. Para Cariboni, de Greenpeace, pensar así es una trampa. "Hay que empezar a desarrollar otras fuentes de energía, como la eólica, que en nuestro país tiene un potencial enorme", asegura.

Es un domingo horrible y Mercedes me espera en la esquina de La Boca para cruzar a la isla Maciel. Ibamos a encontrarnos el sábado al mediodía, pero todo el viernes diluvió con furia en Buenos Aires y a la mañana Mercedes me llamó para cancelar. "Acá está el barrio inundado y se cayó un árbol en la puerta de casa", me dijo. Uno se olvida: la lluvia no es la misma para todos. Puede ser un contratiempo para la salida del viernes a la noche, una bruma que interfiera el paisaje de la autopista o un metro de agua en el living de tu casa.

Mercedes tiene 25 años, mellizos que están aprendiendo a caminar y es lo más parecido a un cuadro político que hay en la isla Maciel. Vivió toda su vida en el barrio y desde los 18 milita en el movimiento Barrios de Pie, casi siempre en programas de alfabetización y apoyo escolar. Desde que se separó de su novio, vive en una casita alquilada en la isla por la que paga 300 pesos por mes. Dice que está buscando algo afuera, pero por un lugar parecido al que habita ahora, en La Boca le cobran 900.



Cruzamos en bote, desde La Boca, y alcanzan treinta remadas, treinta y cinco, para llegar a otro mundo. El viaje cuesta 1 peso por persona y, para la diferencia que hay entre una costa y la otra, dura la ridiculez de un minuto. La isla Maciel, junto a Dock Sud y Villa Inflamable, está sobre la desembocadura del Riachuelo, donde el río arrastra todo lo que trae y donde, además, está el Polo Petroquímico, en que se levantan unas cincuenta industrias entre petroleras, plantas de acopios de productos químicos y depósitos. Esta es la zona de la ciudad con más riesgo ambiental para la salud: si llegara a explotar, el poder destructivo alcanzaría los 10 megatones, 6 más que la bomba atómica en Hiroshima. Y, más concretamente: si en la Villa 20 el 25 por ciento de los chicos tienen plomo en la sangre, acá la estadística alcanza el 50 por ciento.

La primera imagen de la isla Maciel es de unos viejos colectivos abandonados y unas casas medio derrumbadas que dan a la costa, un cartel desteñido de helados Frigor en la pared de otra, que alguna vez habrá tenido un kiosco. Ahí nace Montaña, la calle principal del barrio. Mientras caminamos, el barrio parece un pueblo fantasma con gente que espía desde las ventanas. Hay casas de chapas como las de Caminito, algunas de material y otras levantadas con chapas y maderas. Isla Maciel parece una especie de pueblo abandonado, con casi nadie en las calles, dos o tres almacenes, tan lejos y tan cerca de la ciudad. Atravesamos la plaza hasta la iglesia Fátima y pasamos frente a la casa del padre Paco, que al lado de su viejo Dodge tiene una especie de mural de un hombre arrodillado, que será él, frente a una Virgen y en letras negras aclara: "Soy de la Virgen nomás". Y al lado, atada a las rejas de la ventana, una bandera azul y amarilla: de la Virgen y de Boca.

Las calles tienen diez centímetros de agua y, contra el cordón, flota un sapo panza arriba. Mientras Mercedes camina hundiendo sus sandalias en el agua, yo voy saltando de baldosa en baldosa con mis peores zapatillas para no mojarme. Estamos yendo a lo de Mirtha, una señora que trabaja en un comedor y que tiene a uno de sus hijos enfermo. Su casa queda al fondo de un baldío. Con una piedra, Mercedes golpea la puerta de la entrada y, al ratito, aparece Mirtha, que nos lleva para adentro: una casita levantada con unas chapas contra el paredón de una fábrica. Mirtha tiene 50 años, el pelo canoso cortado al ras de la cabeza y por momentos, cuando habla, todo se le pone negro, como si no supiera por dónde seguir. La cocina está afuera, bajo techito de madera, pero no tiene paredes. Sentado en un banquito, está comiendo un guiso uno de sus hijos, Leo, que tiene 5 años y un sarpullido en la cara. "Ahora le salieron unos granos en la cabeza por la mugre que hay, miren", dice y le tuerce la cabeza para mostrarnos. Leo, en esa posición, sigue comiendo sin prestarnos mucha atención.

El resto de la casa es un cuarto con cuatro camas, dos armarios y una tele con Los Simpson. "Acá, cuando sopla viento del sur, se siente el olor a pis de gato que viene del Polo", dice Mirtha. Para los habitantes de la isla Maciel y Dock Sud, la convivencia con las industrias petroquímicas y los gases que liberan es algo de todos los días. Antes vivían en una casita a tres cuadras, en la parte más baja del barrio, pero con las lluvias, las alcantarillas se tapaban y dice que el agua le llegaba hasta el cuello. La casa la levantó cuando todavía estaba con su esposo, pero dice que decidió separarse hace unos años porque tomaba mucho y se ponía violento. "Ahora trabajo en un comedor, gracias a Dios, y traigo todos los días comida. A mis otros chicos los llevé hace unos meses a la salita, porque tenían una tos que no se les iba y me dijeron que era bronquiolitis, por el aire que tenemos acá, pero nosotros no tenemos otro lugar a donde ir, imagínese. ¿Adónde vamos a ir?". 


Juan Morris/Rolling Stone
 

1 comentario:

  1. Qué buen informe!!!
    En algunos países, te venden turísticamente el riacho que cruza la ciudad (el Sena, por ejemplo). Acá los entubamos o los pudrimos.
    Rara idiosincracia, la nuestra.

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