sábado, 9 de octubre de 2010

La teoría de las ventanas rotas


¿Han oído hablar de la teoría de las ventanas rotas? Se basa en el contagio de las conductas inmorales o incívicas y tiene su origen en un experimento que llevó a cabo un psicólogo de la Universidad de Stanford, Philip Zimbardo, en 1969. Abandonó un coche en las descuidadas calles del Bronx de Nueva York, con las placas de matrícula arrancadas y las puertas abiertas. Su objetivo era ver qué ocurría. 


Y ocurrió algo: a los 10 minutos comenzaron a robar sus componentes. A los tres días no quedaba nada de valor; luego empezaron a destrozarlo. El experimento tenía una segunda parte: abandonó otro coche, en parecidas condiciones (la misma marca, modelo y hasta color), en un barrio rico de Palo Alto, California. Dos autos idénticos abandonados, dos barrios con poblaciones muy diferentes y un equipo de especialistas en psicología social estudiando las conductas de la gente en cada sitio. En California no pasó nada. Durante una semana el coche siguió intacto. Entonces, Zimbardo dio un paso más, y machacó algunas partes de la carrocería con un martillo. Debió de ser la señal que los honrados ciudadanos de Palo Alto esperaban, porque al cabo de pocas horas el coche estaba tan destrozado como el del Bronx. 

¿Por qué el vidrio roto en el auto abandonado en un vecindario supuestamente seguro es capaz de disparar todo un proceso delictivo? Es común atribuir a la pobreza las causas del delito, pero evidentemente en este caso no se trata de pobreza, sino que es algo que tiene que ver con la psicología humana y con las relaciones sociales: un vidrio roto en un auto abandonado transmite una idea de deterioro, de desinterés, de despreocupación, que va rompiendo códigos de convivencia, como de ausencia de ley, de normas, de reglas, como que vale todo. Cada nuevo ataque que sufre el auto reafirma y multiplica esa idea, hasta que la escalada de actos cada vez peores se vuelve incontenible, desembocando en una violencia irracional. 

Este experimento es el que dio lugar a la “Teoría de las Ventanas Rotas”, elaborada por James Wilson y George Kelling: “Si en un edificio aparece una ventana rota, y no se arregla pronto, inmediatamente el resto de ventanas acaban siendo destrozadas por los vándalos”. ¿Por qué? Porque quizás para algunos sea divertido romper cristales pero, sobre todo, porque la ventana rota envía un mensaje: aquí no hay nadie que cuide de esto. El mensaje es claro: una vez que se empiezan a desobedecer las normas que mantienen el orden en una comunidad, tanto el orden como la comunidad empiezan a deteriorarse, a menudo a una velocidad sorprendente. Las conductas incivilizadas se contagian. Y las personas civilizadas se retraen. Wilson y Kelling lo explicaban así: "Muchos ciudadanos pensarán que el crimen, sobre todo el crimen violento, se multiplica, y consiguientemente modificarán su conducta. Usarán las calles con menos frecuencia y, cuando lo hagan, se mantendrán alejados de los otros, moviéndose rápidamente, sin mirarles ni hablarles. No querrán implicarse con ellos. Para algunos, esa atomización creciente no será relevante, pero lo será para otros, que obtienen satisfacciones de esa relación con los demás. Para ellos, el barrio dejará de existir, excepto en lo que se refiere a algunos amigos fiables con los que estarán dispuestos a reunirse". 

Si una comunidad exhibe signos de deterioro y esto parece no importarle a nadie, entonces allí se generará el delito. Si se cometen 'pequeñas faltas' (estacionarse en lugar prohibido, exceder el límite de velocidad o pasarse una luz roja) y las mismas no son sancionadas, entonces comenzarán a aparecer faltas mayores y luego delitos cada vez más graves. Si los parques y otros espacios públicos deteriorados son progresivamente abandonados por la mayoría de la gente (que deja de salir de sus casas por temor a las pandillas), esos mismos espacios abandonados por la gente son progresivamente ocupados por los delincuentes. 



La teoría de las ventanas rotas fue aplicada por primera vez a mediados de la década de los ‘80 en el metro de Nueva York, el cual se había convertido en el punto más peligroso de la ciudad. Se comenzó por combatir las pequeñas transgresiones: graffitis deteriorando el lugar, suciedad de las estaciones, ebriedad entre el público, evasiones del pago del pasaje, pequeños robos y desórdenes. Los resultados fueron evidentes. Comenzando por lo pequeño se logró hacer del metro un lugar seguro. 

Esta teoría vale no sólo para el orden público, sino para muchas otras facetas de la vida social. Si en una empresa se descuidan algunas normas éticas, si se falsea la contabilidad para pagar menos impuestos, si lo que cuenta es sólo la rentabilidad a corto plazo, si se descuidan normas de seguridad e higiene, si se menoscaba la calidad del producto o servicio con el fin de procurar un margen mayor, si se trata a las personas con poco respeto, si el cliente es cada vez más un objeto y no una persona cuyas necesidades hay que satisfacer, etc.,etc.,....quizás la compañía esté ingresando en el peligroso espiral del aceptado deterioro colectivo.


1 comentario:

  1. Buen aporte, mi querido.
    El delito, a mi modo de ver, no tiene que ver con la pobreza, sino con la impunidad.
    Si en este país no hay ningún condenado por lavado de dinero o por evasión fiscal, qué significa? que nadie evade o lava dinero? Sería un país de santos.
    "Barrios pobres que destrozan un automóvil", no es estrictamente un tema de "impunidad" -las cárceles están llenas de pobres-, sino de supervivencia. Están jugados, no tienen nada que perder, van para adelante.
    Es largo el tema. Pero, ya ves, me hiciste pensar un rato.

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